viernes, 12 de junio de 2015

El viento de la Luna

Hace unos días terminé de leer "El viento de la Luna" de Antonio Muñoz Molina, no sé qué tendrán los libros que cuentan la historia de un niño, el cómo se va creciendo y cómo se descubren las cosas, que me cautivan especialmente. Pienso que es porque conectan conmigo de una manera especial o porque pueda resultar fácil empatizar con la manera de ver el mundo franca y sincera de un niño a caballo entre la niñez y su edad adulta. Creo que se llaman novelas de transición o novelas de iniciación y muchos de los últimos libros que he leído podrían etiquetarse como tal.
Es increíble cómo una historia personalísima contada en primera persona, que toma a modo de muletilla la experiencia de los astronautas haciendo el primer viaje a la Luna desemboca en lo que el autor estaba realmente queriendo decir y explota en la cara del lector en las últimas páginas. Esas últimas páginas que tan de actualidad podrían estar y con las que me siento totalmente identificado.
En parte explican la razón por la cual reniego de la posibilidad de agarrar la maleta y decidir que mi futuro personal y profesional están fuera de España, lejos de Ávila, lejos de mi tierra.

Hay dos párrafos-frases que quiero reproducir aquí, la primera por esencialmente bonita y olvidada y la segunda porque podría ser el prefacio de cualquier manual de sostenibilidad-calefacción  y describe exactamente la realidad de los días de invierno que paso en el pueblo:
         
             "[...] De pronto soy más alto que él, y mis manos y las suyas hace ya mucho que dejaron de encontrarse. Debería uno conservar el recuerdo de la última vez que caminó de la mano de su padre."

             "El frío del invierno es una invasión misteriosa que se cuela bajo las puertas y entre los postigos mal ajustados y avanza gradualmente por las habitaciones y los pasillos a oscuras, que sube invisible por las escaleras y se extiende sobre cada superficie con un cerco afilado, sobre el cristal de las ventanas donde la respiración forma un vaho inmediato, sobre los barrotes de hierro y las cabezas de cobre y de latón dorado de las camas, sobre la cal humedecida, sobre los cuadriláteros de las baldosas. En las habitaciones donde hay un fuego encendido o un brasero de candela y de ascuas el frío se aproxima al límite de la irradiación del calor y aguarda como una alimaña sigilosa a que las llamas mengüen o se apaguen, a que la ceniza tibia y luego fría recubra las ascuas del brasero: entonces el frío avanza, va rozando la espalda, el cogote, se va infiltrando bajo los dobleces de la ropa, sube desde el suelo hasta las plantas de los pies y luego se apodera de los tobillos, y una vez que ha progresado tanto en su invasión ya es difícil buscar refugio contra él, y te seguirá incluso escaleras arriba hacia tu dormitorio o estará esperándote en la oscuridad cuando abras la puerta. [...]"

Lo recomiendo totalmente,  como recomiendo en bloque a Antonio Muñoz Molina al cual hay que leer a veces a pequeños sorbos por la riqueza de sensaciones que proporciona y otras es inevitable engancharse hasta terminar sobreestimulado o sobreemocionado.
Como final, Space Oddity (David Bowie), que le va bastante bien de acompañamiento, canción que me encanta y que tengo de timbre del móvil. Eso sí, escuchando la letra con cuidado parece que el resultado final de "Mayor Tom" es algo más amargo que el viaje de Amstrong, Aldrin y Collins (Apollo 11).


Y por supuesto...

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